Un stock solo y olvidado

Un stock solo y olvidado

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Por años, niños y niñas han visto sus conciencias infantiles enfrentadas a un engranaje burocrático que ―como una rueda dentada― redujo sus identidades particulares, sus caras y sus nombres, a un burdo guarismo consignado en alguna carpeta empolvada en un rincón de alguna oficina del Servicio Nacional de Menores (SENAME).

 

Tachados es la más adecuada palabra para describir lo que ha estado ocurriendo con los niños del SENAME. Los borrones se han aplicado sobre sus identidades, sus lazos familiares, sus existencias. El extremo de la despersonalización burocrática a la que han sido expuestos ha llegado a tal nivel que, en muchos casos, ni siquiera sus muertes fueron consignadas en el papeleo. Es que para el Estado y las autoridades, como la ministra de Justicia, Javiera Blanco, eran quiebre de stock simplemente. Niños efectivamente solos, abandonados, posiblemente no deseados, a los cuales, sin embargo, al parecer nadie les dijo: “no los dejaremos solos”.

 

Al final del día, esos niños, alejados de sus familias por diversas razones, terminaron en tierra de nadie, porque las personas han asumido que son responsabilidad exclusiva del Estado. Por eso, frente al escándalo del SENAME, lo que más hay es hipocresía. Todos se espantan, se molestan, se enternecen, pero nada más. Porque todos siguen asumiendo que resolver aquel caos es tarea de los funcionarios, de los legisladores, del gobierno, del Estado. Es decir, de nadie finalmente. Ni del gobierno, ni de los funcionarios, ni los tribunales, ni los legisladores, ni los jueces, ni de sus propias familias. En ese sentido, los niños del SENAME han sido víctimas de nuestra generalizada mentalidad burocrática.

 

Bajo esa mentalidad, mediante la cual las personas pretenden y ansían externalizar sus propias cargas, las responsabilidades individuales se diluyen bajo una enorme cadena de decisiones y demandas crecientemente impersonales. Así, no es raro que un niño o niña, cuya familia no asume el deber de darles cuidado, termine convertido en parte consignada de un padrón o de una ficha, mediante la cual distintos funcionarios deciden sobre su vida. Olvídense de que alguien les diga buenas noches por su nombre cuando se apague la TV.

 

Mientras las quejas, lamentaciones y declaraciones de buena crianza han abundado en el parlamento, los matinales, los noticieros y las redes sociales, cada día un niño se va convirtiendo en un número olvidado bajo el engranaje de ese sistema. Los ciudadanos, simplemente toman palco y esperan, para calmar sus propios desvelos, que alguna autoridad tome el fierro caliente, mostrándoles además un chivo expiatorio  a quien odiar. Porque lo peor de todo esto, es que varios están más preocupados de ver rodar algunas cabezas ―para promover a sus propios burócratas― que de salvar a los niños de la rueda dentada del SENAME. Claro signo de una sociedad civil anulada y cohibida a voluntad, que vive bajo una nefasta mentalidad burocrática.

Jorge Gómez Arismendi

Twitter: @jgomezarismendi

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Las opiniones expresadas son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de la Comunidad El Tributo, la de sus directores u otros miembros.

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